Ningún ámbito de la ciencia y la tecnología ha alimentado tanto la imaginación como la robótica. La ambición de crear a partir de la materia inanimada un ser con la apariencia y los movimientos de un hombre ya fomentó la ilusión de los antiguos egipcios y griegos. En tiempos más cercanos se hizo famosa la leyenda que atribuye a un rabino de Praga del siglo XVI, Judah Loew, la creación a partir del barro del Golem, una criatura que contribuiría a la defensa de la comunidad judía. Lo cierto es que en los últimos dos o tres decenios, la robótica, más allá de las expectativas desmesuradas o de la fértil imaginación de la literatura y el cine, ha creado máquinas que, con apariencia humanoide o sin ella, a nuestros antepasados les hubieran parecido osados desafíos a Dios.

En los laboratorios de la Universidad de Aberystwyth, en Gales, hay un científico que trabaja ad honorem las 24 horas del día, los 365 días del año, y no se queja. Lleva a cabo toda clase de experimentos con una precisión envidiable, testea hipótesis tras hipótesis y realiza descubrimientos sin siquiera ir al baño.
Su nombre es Adán y, salvo por el hecho de que no tiene ni pies ni cabeza, su hipereficiencia pasaría desapercibida si no fuera por un minúsculo detalle: Adán no es humano. Es, más bien, un ser artificial, un conjunto de tuercas, metal, plástico y software bien ensamblado y aceitado, socialmente conocido con el genérico nombre de “robot”.
A su creador, Ross King, del Consejo de Investigación Biotecnológica y Biológica del Reino Unido, no lo intimida esta “cosa” con tres brazos; este objeto que maneja cámaras, sensores, centrifugadoras y pipetas; este prototipo, la primera máquina en la historia en haber hecho un descubrimiento de manera independiente de sus creadores humanos.
“Su trabajo no es reemplazar a los científicos sino hacer que sus vidas sean más fáciles –dice King halagando a su criatura. Junto a otro robot llamado Eva que estamos poniendo a punto, nos ayudará a desarrollar nuevos fármacos para enfermedades como la malaria o la esquistosomiasis, infecciones causadas por parásitos de zonas tropicales. En el futuro, equipos de robots científicos y seres humanos trabajarán codo a codo en los laboratorios.”
Más allá de las palabras políticamente correctas de King (que no buscan otra cosa que barrer con aquel miedo atávico al reemplazo que despiertan los autómatas en los seres humanos), más allá de los pronósticos futuristas –aquellos en los que nunca faltan los autos voladores, la comida en pastillas, los hoteles en la Luna y, desde ya, la teletransportación–, Adán es una realidad, un ejemplo de una escena que de a poco, con paso firme, se despliega dentro y fuera de los laboratorios: el amanecer de las máquinas, el despertar de una especie artificial; en fin, un sueño –¿o una pesadilla?–, en realidad, algo distinto a lo imaginado por arquitectos de la irrealidad como Isaac Asimov, Philip K. Dick, Robert A. Heinlein, Stanislaw Lem y compañía.
Bienvenidos a la nueva nación
Cuando se habla de robots y se los describe puntillosamente –con esa fascinación casi pornográfica impulsada por lo nuevo– se cae por lo general en la misma trampa, en la misma emboscada verbal. Además de repetirse siempre la recurrente anécdota bautismal (aquel mito de origen que cuenta cómo el dramaturgo checo Karel Capek le dio vida en 1920 a la palabra “robot” –del checo “trabajo” y el eslovaco antiguo “esclavo”– al llamar por primera vez así a los protagonistas artificiales de su obra R.U.R., Rossum’s Universal Robots), se subraya una y otra vez que ellos vienen (¿de dónde? ¿hacia dónde?), que llegarán para quedarse con todos los trabajos, que uno de estos días el chip se activará y volverán a hombres y a mujeres –los robots no discriminan– individuos obsoletos. O como presagió James McAlear, investigador de los Laboratorios Centronix: “Algún día dentro de los próximos treinta años, dejaremos calladamente de ser las cosas más brillantes en la Tierra”.
Ahí está el error: se habla de “ellos” como si fueran todos lo mismo y, peor todavía, como si fueran algo que no es y que pronto será. Gran equivocación: los robots hace tiempo que están acá, allá, en todas partes. Ensamblan puertas, sueldan con increíble velocidad, destreza y exactitud los chasis y ultiman los detalles de los 45 millones de autos nuevos que se fabrican en el mundo por año (y que se suman a los 550 millones de vehículos actuales). Hacen laparoscopías, reparan válvulas del corazón y llegan a cualquier parte del cuerpo revolucionando en cada corte y en cada punto la cirugía (como lo hacen los conocidos robots quirúrgicos Da Vinci, Cardioarm y Raven 2). Barren en las casas (la aspiradora robótica Roomba), ladran y mueven la cola (el “perrobot” Aibo), juegan al fútbol (y tienen su Mundial: la Robo-Cup), exploran el espacio y rastrillan Marte (los rovers Spirit y Opportunity), cuidan a ancianos y a discapacitados (el robot-asistente Kompaï), dirigen orquestas y deslumbran en ferias tecnológicas (como lo hace Asimo, el robot humanoide más avanzado, cada vez que se deja ver).
Así, hay muchos más de estos títeres electrónicos que, por ahora –no importa cuán brillante y majestuoso sean o cuán bueno sea el equipo de marketing y promoción que tengan– siguen siendo máquinas automáticas, huecas y sin imaginación ni creatividad, extensiones de computadoras que dependen de un ser humano para realizar una acción o para modificar su programación. O sea, son incapaces de pensar por sí mismos: siguen siendo esclavos, marionetas cuyos hilos no dejan de ser movidos por titiriteros.
Las imágenes y personajes de la ficción, inyectados en el imaginario colectivo como si fueran ciertos (Los supersónicos, C3-PO, R2D2, María –Metrópolis–, Johnny 5 –Cortocircuito–, Los Transformers, Data –Star Trek–, Kitt –El auto fantástico–, Mazinger, Robotech y muchos más) no hacen más que acrecentar la ansiedad.
Pero si estas confusiones entre ficción y realidad no desesperan por sí solas, están los números, las cifras que verdaderamente abruman. El Consorcio IEEE Spectrum en su reciente informe titulado The Rise of Machines desliza, por ejemplo, que Japón –el que más invierte– es el país más densamente poblado de robots: se instalan cinco robots por hora. De ellos, el 33% se utilizan en la construcción de automóviles y otro 10% en la fabricación de productos electrónicos (hay 1 robot cada 34 trabajadores). Lo siguen en densidad robótica Singapur, Corea del Sur y Alemania.
Las ganancias en las ventas de robots no industriales –robots domésticos, asistenciales, robot-mascotas– ascendieron a unos 2,5 millones de dólares en 2008 a nivel global. Y se calcula que para el año 2011 su población mundial alcanzará las 1,2 millones de unidades, como para formar su propio país robótico (con bandera, himno e idioma propio), que contaría con más habitantes que Mónaco y Bermudas juntos.
Ritos de tecnoiniciación
Más allá de los números que encandilan, los últimos modelos robóticos ya no deslumbran como antes. La fascinación de todo aquello que arribaba –al menos como noticia lejana–desde Oriente se desinfló. La respuesta, tal vez, se pueda rastrear en el fenómeno cultural, social y hasta político más interesante: el acostumbramiento, aquella fase por la que indefectiblemente atraviesan todas las tecnologías que alguna vez lucieron la etiqueta de “nuevas”.
El reloj, el televisor, la computadora y el celular: en algún momento estos artefactos centrales en nuestra aparatología cotidiana –tan incorporados al cuerpo y a la imaginación que pensar la vida sin ellos es una locura–, créase o no, no existían. Hasta que en algún lugar del planeta un NN los desarrolló, otro NN los mejoró y un vivo los patentó. Y de ahí se esparcieron como epidemias, primero atrayendo por sus bondades para después despertar miedos, pesadillas y dudas –los discursos de la tiranía del reloj, del abuso del televisor, de la dependencia de la computadora, de la radiación de los celulares. Hasta que en algún momento se naturalizan, se camuflan y se vuelven invisibles, como si siempre hubiesen estado ahí.
Todo indica que los robots atraviesan el mismo ritual de tecnoiniciación. Japón y Corea, los corazones y pulmones robóticos del planeta, hace casi diez años que perdieron el don del asombro que tenían y los caracterizaba.
Quizás sea por el bombardeo informativo, la reiteración de una promesa que no se concreta del todo.
“Al igual que hoy dependemos del celular o del automóvil para nuestras tareas diarias, dentro de 15 años no podremos concebir nuestra actividad diaria sin un robot”, predice el sociólogo español Antonio López Peláez, autor del estudio prospectivo Robots, genes y bytes. “En 2020, el 40% de los ejércitos estará automatizado con soldados-robot, lo cual significará menos muertes humanas en los conflictos bélicos. También controlarán el tráfico y hasta se convertirán en objetos de consumo tan caros como los actuales electrodomésticos. Y al igual que ha ocurrido con el acceso a tecnologías como internet, los autómatas abrirán una nueva ‘brecha robótica’ que distinguirá culturalmente a aquellos que puedan permitirse la adquisición de los robots para sus actividades.” Parecen los ingredientes de una buena película de ciencia ficción… ¿ocurrirá?
Pero… ¿podrán ser inteligentes?
Apenas uno sobrevuela la lupa sobre el campo ajetreado, heterogéneo y creciente de la robótica se advierte la densidad de pensamientos, ideas, conflictos y pronósticos que lo vuelven rico y atractivo. Así se ve que hay una mirada de la robótica desde afuera y otra desde adentro. O que es un área con más preguntas que respuestas. Por ejemplo, se discute –y mucho– sobre si alguna vez se logrará desarrollar una verdadera inteligencia artificial, o sea, máquinas que verdaderamente puedan pensar por sí solas. Muchos escépticos –como el filósofo John Searle o el físico inglés Roger Penrose– lo dudan y sugieren que las máquinas son (y serán) físicamente incapaces de pensar como un ser humano. “Cualquier intento de crear robots de tipo humano es un experimento condenado al fracaso”, certificó el científico británico.
Otros fueron más irónicos, como el filósofo inglés Colin McGinn, que para aludir al estado actual de los sistemas de inteligencia artificial comparó: “Es como si las babosas intentasen hacer psicoanálisis freudiano”.
Ocurre que la robótica y el mundo de la inteligencia artificial están atravesados por una discapacidad: los robots –lo saben los investigadores– pueden tener superfuerza y hacer millones de cálculos en segundos, pero son muy malos para hacer cosas para nosotros aparentemente sencillas como caminar por una habitación sin tropezar con los objetos, conducir, leer la escritura a mano. Les falta un elemento que damos por descontado: sentido común.
De ahí que uno de los principales paradigmas que dominaron este campo desde la década de 1950 se esté abandonando: el llamado enfoque o aproximación “de arriba abajo”, que pretendía diseñar robots o sistemas informáticos llenándolos de información, como si al hacerlo –al insertarles un CD o un pendrive– sus ojos se abrieran y pudieran pensar y soñar como si fueran un humano sólo que metálico. Ese enfoque produjo robots enormes, pensados a imagen y semejanza de sus creadores (robots con forma humana, con cabeza, piernas, brazos, o sea, androides), y la computadora Deep Blue de IBM en 1997 humilló a Garry Kasparov en ajedrez, por ejemplo.
Las frustraciones y la lentitud de los avances hicieron que de a poco otra visión comenzase a imponerse: la aproximación “de abajo arriba” que ya no busca hacer un copy & paste entre humano y máquina. Más bien, pretende hacer algo más prometedor: imitar a la evolución, aquella fuerza que, a lo largo de millones de años, nos hizo como somos. Así, la imagen imperante del robot (al menos dentro de la robótica) mutó e hizo que se investigue y trabaje ahora con mucha más fuerza con robots insectos o robots bebés cargados de redes neuronales y algoritmos genéticos, o sea, un tipo de software capaz de aprender, cambiar, adaptarse.
“Es lo que se conoce como robótica evolutiva, una técnica que nació en los años noventa y que mezcla las miradas de la biología, las ciencias cognitivas y la inteligencia artificial para crear organismos artificiales autónomos capaces de aprender y adaptarse a su ambiente –cuenta el argentino Ezequiel Di Paolo, investigador en Ciencias Cognitivas y Robótica de la Universidad de Sussex, Reino Unido–. Diseñamos robots a través de un proceso semiautomático. Buscamos que cada generación nueva de robot realice determinada tarea, por ejemplo, que pueda desplazarse en un ambiente con ruido y no chocarse con nada.”
La palabra “plasticidad” se coló en la robótica: es decir, la habilidad de adaptarse a los estímulos del ambiente, que un robot aprenda a conocer su mundo. Los “robotistas” –como se llama a los científicos que dejan su vida en la robótica– dejaron de estar hasta en el último detalle de la máquina. Dieron un paso atrás para dejar que emerjan propiedades desconocidas por sí solas. Lo explica Di Paolo: “Uno no crea tanto un robot como un proceso”.
Esta visión va de la mano con la progresión futurista del inventor Hans Moravec, una de las figuras más importantes del espectro tecnológico actual, que ya imagina cómo va a ser la escalada artificial en los próximos años, siguiendo al pie de la letra la conocida “ley de Moore” (aquella que pronostica que cada 18 meses se duplica el número de transistores en un circuito integrado, aumentando el poder de cómputo): las actuales computadoras hogareñas que pueden llevar a cabo mil MIPS (millones de instrucciones por segundo), dice, estarían a la altura de los insectos. Para el año 2015, las máquinas alcanzarían los tres mil MIPS y su inteligencia sería equivalente a la de una iguana. En 2020, llegarían a los cien mil MIPS y serían tan inteligentes como los ratones. Para 2030, tres millones de MIPS e igualarían a los monos. Recién en 2040, los robots alcanzarían el nivel de inteligencia humana (algo así como cien millones de MIPS), permitiéndoles hablar y entender el discurso, pensar creativamente y anticipar los resultados de sus acciones.
Entonces, llegará –¿llegará?– la tan mentada singularidad, un momento en la historia avizorado por el matemático Vernon Vinge y el inventor Ray Kurzweil –los Nostradamus tecnológicos de nuestra época–, en el que las máquinas superarán la inteligencia humana y podrán ellas mismas ensamblar una nueva generación de seres artificiales todavía más inteligentes. O sea, un tiempo en el que los cambios tecnológicos ya no podrán ser asimilados por la sociedad.
Por eso, las alarmas suenan. “Estamos creando a nuestros sepultureros”, advierten los más pesimistas. ¿Será el futuro tan oscuro? ¿Se levantarán las máquinas y amenazarán a la humanidad? ¿No será todo esto un nuevo estadio evolutivo? ¿Se puede o debe hacer algo para frenar las investigaciones?
Las preguntas se multiplican más rápido de lo que se construye y disemina un robot. Lo cierto es que la película de ciencia ficción se acabó. Y los robots ya son toda una realidad.
El Dipló, Ed 135. Cono Sur